Desde Miranda Priestly en El diablo viste a la moda 2 hasta el Papa León XIV, la IA se ha vuelto una problemática ineludible y cada vez más presente en nuestras vidas. Su uso está al centro de la crisis de los medios de comunicación, la relación de los trabajadores con sus empleos, y hasta la forma en que se educarán los niños.
Por Myriam Bustos
Hace algunas semanas fui a ver El diablo viste a la moda 2. La historia es más o menos conocida: Miranda (Meryl Streep) corre el riesgo de quedarse sin Runway (esa versión ficcionada de Vogue que apenas se vende en papel couché), pero luego de una maratón de llamadas, Andy Sachs (Anne Hathaway), la aguda periodista que alguna vez trató de gorda —pero capaz— logra salvarla. Miranda se queda con la revista y, como siempre, mirando a todos desde arriba.
Lo que me llamó la atención de la película fue la subtrama que refleja el real drama que vive el periodismo en la actualidad y que se arrastra desde hace tiempo: su lenta muerte, catalizada por internet y ahora, al parecer, apurada por la IA, tecnología que ha preocupado hasta el corazón del Vaticano.
En un comienzo vemos cómo todo el equipo de un diario es despedido, razón por la cual Andy vuelve a Runway. Nada de ficción ahí. Pero lo peor viene cuando la revista corre el riesgo de quedar en las manos de un techbro. De esos como Mark Zuckerberg o Jeff Bezos (este último ya tiene un medio que ha ido destruyendo poco a poco: el Washington Post, ni más ni menos; ya saben eso de que “la democracia muere en la oscuridad”).
En el comedor del convento dominico de Santa Maria delle Grazie, bajo La Última Cena, una de las piezas más icónicas de Da Vinci, este sujeto le dice a una descolocada Miranda que en el futuro será la IA la que haga todo. ¿Para qué se necesita un periodista, un fotógrafo, un estudio de fotografía o modelos en una revista de moda si todo lo generará un algoritmo?.
Ese momento no parece estar alejado de la realidad ni de lo que piensan realmente los dueños de empresas de IA o de cualquier startup gigante. Creen que algún día la IA lo hará todo, y que el oficio será reemplazable. Pocos días después el Papa León XIV lanzó su encíclica Magnifica Humanitas. Aunque no me considero una persona católica ni religiosa, me senté a leer la carta del Papa con especial atención.
El pontífice sostiene que esta no es la primera vez que como sociedad nos enfrentamos a los avances tecnológicos ni la primera vez que una nueva “técnica” amenaza la forma en cómo vivimos. Pero si en el pasado fueron los estados y las sociedades las que llegaron a un acuerdo sobre cómo utilizar ciertas tecnologías, hoy esas decisiones están en manos de privados y de sus propios intereses.
Y es justamente eso lo que estamos viendo en la realidad —y lo que el techbro amenazaba con hacerle a Runway—. En las últimas semanas se han multiplicado las noticias de grandes empresas despidiendo a miles de trabajadores y trabajadoras quienes, muchas veces y sin saberlo, estuvieron por meses entrenando a una inteligencia artificial para que esta finalmente pudiera hacer sus labores. El resultado: miles de desempleados, una máquina haciendo el trabajo y los dueños ganando lo mismo.
En el mundo de la educación también hemos visto el impacto. El Papa sostiene que la escuela es donde las nuevas generaciones van a aprender, a cuestionarse, pero hoy son miles los profesores, de universidades y colegios, que están poniéndole nota a lo que hace una IA y no a lo que piensa un estudiante. Se está perdiendo el proceso de aprendizaje, el pensamiento crítico y el uso y el desarrollo de las habilidades y pareciera ser que a quienes tienen el control de estas máquinas no les importa mucho. Sam Altman ya lo dijo, un niño nacido hoy no será más inteligente que una IA.
Hace algunos meses Spotify estuvo envuelto en una minicrisis porque muchos usuarios se dieron cuenta de que el algoritmo les estaba ofreciendo un grupo de música estilo country cuando ponían música aleatoria. La sorpresa fue mayor cuando la gente notó que era todo hecho por IA. En la biografía del grupo no había un aviso y sólo cuando la gente lo señaló se cambió la descripción para explicar que era un proyecto artificial. El horror.
¿Se imaginan una revista hablando de moda, de qué ponerte, qué maquillaje usar y cómo aplicarlo, siendo todo hecho por IA y que no haya ninguna persona, ningún profesional trabajador detrás de todo ese proceso? Las fotos, los reportajes, ¡las modelos! ¿Dónde queda el proceso creativo de la sesión de fotos? ¿La decisión de qué piezas usar o dónde hacerla? ¿Se imaginan un diario hecho con IA? No es solo el mundo de la moda, las revistas o el periodismo. La música y el arte se inspiran en otras obras o vertientes de arte. Artistas como Da Vinci, Van Gogh o Mozart —o si queremos ser más criollos: Violeta Parra, Gabriela Mistral o el Mono González— son inspiraciones para crear nuevas expresiones, pero pareciera ser que muchos quieren que la inspiración del futuro venga de una máquina.
El papa León lo dice bien en su encíclica: la tecnología puede hacer el bien, pero también dividir y generar injusticias y hoy la IA lo está haciendo, al reemplazar a miles de trabajadores, al invadir las aulas. La IA no es neutra, depende de quien “la piensa, la financia, la regula y la utiliza” y pareciera ser que quienes están detrás de ella lo único que buscan es el lucro, la rapidez, la optimización hasta llegar a la perfección a través de las máquinas. Pero eso justamente elimina lo que nos hace humanos: hacer comunidad, tener desencuentros y aprender de ellos.
Vale esperar que la encíclica ponga la luz en lo peligrosa que se está convirtiendo la IA. Después de todo esto solo tengo una certeza: el mundo será muy triste, feo y gris cuando nuestra inspiración no sea el reflejo de la mente, sino el eco de números binarios. Si las cosas artísticas dejan de ser el reflejo de nuestra humanidad para sólo ser un conjunto de valores matemáticos, vamos a perder lo que nos diferencia de las máquinas.
La catarsis ha sido dura, y me parece increíble que esté basada en una película sobre moda y en una encíclica, de todas las cosas. La religión nunca fue lo mío y lo manifesté a penas pude zafarme de esas mañanas de rezos. Pero ahora, mirando hacia atrás, agradezco que mi abuela intentara inculcarme la religión y que a través de su fe inquebrantable, permanente y muy humana, mantuviera la religión en mi visión periférica, de otra manera, creo que jamás me habría interesado leer la encíclica ni mucho menos hacer este análisis que mezcla dos elementos muy disímiles pero que finalmente tocan el mismo tema y advierten sobre las mismas consecuencias.
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