En el aniversario de la muerte de su perrita mestiza de pitbull, la periodista María José Blanco reflexiona sobre la pérdida de una compañera de vida, la depresión silenciosa que aprendió a esconder y la enseñanza que este tipo de vínculo nos deja como seres humanos.
Por María José Blanco
Ha pasado un año desde que mi perrita Kova (9) falleció y de que mi vida se detuvo en un fin de semana donde nada extraordinario tenía que pasar. Sin mucha anticipación ni coordinación, solo me subiría una vez más a la camioneta con ella y mi gata, Pippa (2), y me encontraría con mi familia en Algarrobo, para escapar de la ciudad y refugiarnos en nuestro lugar.
Pero terminamos en una clínica, con el peor escenario ficticio convertido en realidad.
El jueves previo al accidente, acompañé a una jefatura de mi trabajo a TVN para una entrevista. Todo el camino de vuelta a la oficina nos fuimos hablando de Kova. Le conté que era mi perrita de asistencia emocional y de cuando vivimos en España, viajando por distintas ciudades del norte en una autocaravana. Nos llamó valientes, y al llegar a la oficina, me dijo que quería conocerla antes de que terminara mi período de reemplazo. Para eso quedaban alrededor de tres meses.
Tres días después de esa conversación, Kova falleció.
Se había comido un calcetín y el mango de un cepillo de plástico que, al masticarlo, quedó con la dureza similar a la de un coral, dañando su intestino. El calcetín se convirtió en un tapón, impidiendo que los líquidos de su cuerpo siguieran su curso natural. Aunque la alcanzaron a operar, llegó muy débil por el alto nivel de gases en su sangre. Después de toda una noche en postoperatorio, no resistió.
No recuerdo lo que hice durante las siguientes semanas. Es como si hubiese un espacio en blanco cargado de incertidumbre y colores grises. Solo sé que tuve 15 días de licencia y que, pese al peritaje psiquiátrico de la Isapre a mi favor, donde se garantizaba que mis razones eran de peso, el pago del subsidio nunca se efectúo por tener un contrato a honorarios. Tampoco me esforcé por revertirlo. No tenía la cabeza para meterme en esa discusión.
Todo se torna muy raro cuando tu vida cambia en menos de un pestañeo. Los planes que tenía para llevarla a conocer nuevos lugares; el control rutinario al veterinario agendado con anterioridad que nunca llegó, o volver temprano a la casa después del trabajo, antes de que cerrara el parque para su paseo PM. De un día para otro, todas esas rutinas desaparecen.
Los platos ya no necesitan rellenarse. Incluso la limpieza de la casa se siente distinta porque los pelos que se traga la aspiradora son cada vez menos, hasta que no queda ninguno más por aspirar. Ya no hay nadie a quien sacar a pasear al parque, y aparece una sensación extraña en el cuerpo al ver otras personas con sus perros, porque ahora ya no formas parte de ese club. Conocer gente nueva también es un tema, porque cuando preguntan si tienes mascotas no sabes si decir su nombre todavía o ya no, dado que se siente extremadamente difícil no nombrar a quien fue tu compañera por tantos años. En ocasiones sigo diciendo Kova y Pippa, pese a sentir que hago trampa porque en realidad, ahora solo somos Pippa y yo.
Kova tenía dos meses cuando una amiga la rescató en la Posta Central. Según lo que se sabe, sus anteriores dueños tenían que ver con el narcotráfico. En ese entonces yo vivía con mi mamá, quien me dio permiso para ser su hogar temporal. Así fue como Kova apareció en mi vida, el 17 de junio de 2016. A los cinco días decidí adoptarla definitivamente, pero ante la negativa de mi mamá y violencia intrafamiliar, me fui de mi casa, con lo puesto y con Kova en los brazos.
Ese día le hice una promesa. “Llegaste a mi vida en las circunstancias menos esperadas, simplemente por una casualidad. Esa casualidad se volvió más fuerte y aquí estamos, a punto de empezar un camino juntas. Desde hoy, solo queda mirar para adelante y afrontar las aventuras que nos traiga la vida, pero siempre juntas”.
Esa mestiza de pitbull me devolvió el sentido de pertenencia que había perdido en los momentos más oscuros de mi vida. Se llevó mis miedos y los síntomas que se presentan por depresión severa y estrés postraumático. Nos entendíamos con solo mirarnos, revelando la profunda conexión que estábamos construyendo, mientras mi salud comenzaba a mejorar.
Nos salvamos mutuamente, recorrimos el mundo y fuimos el lugar seguro de la otra por 9 años.

Por esta y un sinfín de razones, desde su muerte me ha costado mucho salir de la pena, la rabia y la culpa. Aunque no quiera pensar en eso, los cuestionamientos a mi misma aparecen como puntadas en el cuerpo ¿Por qué no me desperté más temprano ese día para llevarla a caminar por la playa Mirasol, como había planeado? ¿Por qué no actué más rápido frente a sus señales de que algo le estaba pasando? ¿Por qué dejé tantas cosas que quería hacer con ella para otro día?… Por qué, por qué, por qué.
Ella ha sido lo más valioso que he tenido y que realmente me aterraba perder. El último año me daba cuenta que ese momento se estaba acercando aún cuando su salud estaba en perfecto estado, ya que lo natural era que Kova muriera antes que yo, pero sinceramente pensé que nos quedaba mucho más tiempo. Hasta que de un día para otro, no nos quedó más. Me quedé pegada en ese 20 de julio de 2025, haciendo que gran parte de lo que vino después se sintiese como tiempo prestado, con mucho temor a avanzar sin ella.
Las frazadas de su cama, chalecos y arneses nunca los lavé. A veces duermo abrazada a ellos porque es como tenerla de nuevo acurrucada en mis brazos. Como es natural en esto del tiempo, el olor en su chaleco comenzó a desvanecerse y creo que ha sido una de las cosas más difíciles de afrontar porque no puedo hacer que se quede. No puedo retenerlo, ni tampoco impedir que se sumen más días que me alejan del último momento en que estuve con ella viva.
Mi familia, la Pippa, amigas y amigos, junto con mi equipo médico, han sido tremendamente relevantes para sobrellevar lo que considero una muerte en vida. Es cuando más me hablan de Kova que vuelvo a sonreir y a conectar con el privilegio que fue encontrarnos. De vivirnos a concho. Sé que no sólo me entregó amor a mí, sino a todo nuestro entorno, a las niñas y niños de nuestro grupo scout, a la gente del barrio, a quienes nos abrieron las puertas de sus casas en España y un sin fin de gente que hasta el día de hoy me ha escrito para decirme cuánto la querían.

En contadas ocasiones, sentí cierto pudor al hablar de mi duelo frente a otras personas que han vivido, por ejemplo, la muerte de un hijo. Y no porque considere que es más o menos importante, sino porque socialmente existe una tendencia a subestimar la importancia de los vínculos con los animales, más si aún no tienes hijos.
Yo misma me puse el parche antes de la herida con un matrimonio de amigos que perdieron a su hijo pequeño, a quien Kova conocía desde que estaba en la guata de su mamá. Sin embargo, el padre -quien también compartió varios momentos con Kova en scout- me dijo una vez: “Una pérdida como la tuya no tiene nada de distinto a la nuestra. El amor es amor, es un amor de madre. Y el dolor es dolor, no hay más dolor o menos dolor… Pero sí se puede honrar, recordar y dejar un legado, aunque sea solo para uno. Ese es el camino de la transformación”.
Fue ahí cuando entendí que los duelos son duelos. Que la importancia de una vida no distingue especies, tampoco el tiempo que alcanzaron a vivir. Se trata del amor, tal como dijo él. Y el dolor por la pérdida física de ese amor no debiese ser subestimado, ni siquiera por nosotros mismos. Considero que ya tengo una edad más que prudente para darme cuenta que todas y todos llevamos dolores a cuestas.
Sé que nuestra historia ha resonado en mucha gente, pero porque sé que historias de amor como la nuestra deben existir millones. Vengo de una generación donde gran parte tiene lo que se denomina una familia multiespecie. Durante las últimas décadas y a nivel global, son cada vez más los hogares que tienen una o más mascotas que consideran parte del núcleo familiar. Y Chile no es la excepción. Según la encuesta Cadem 2024, un 87% de los encuestados considera a sus animales como integrantes de la familia y sujetos de bienestar.
En 2022, cifras de la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo (Subdere) ya daban cuenta del apego emocional entre dueñas, dueños y mascotas. Según el estudio un 92,1% de las mascotas fueron declaradas como parte de la familia y motivo de felicidad para sus dueñas y dueños. Se transforman en nuestro apego más cercano y de los más vitales. Por esto y por lo que significa Kova para mi, su muerte me ha tumbado de lleno. Apareció en mi vida y me ha acompañado en los peores momentos, y a través de su amor me mostró que existe un horizonte más colorido. Me enseñó que se puede vivir en más lugares que el dolor.
Mientras el mundo actual se siente como un caos que no tiene remedio y las relaciones humanas se basan en que “mientras menos se demuestra, más interesante es”, los vínculos con nuestros animales vienen a romper el paradigma. Es quizás, frente a esta forma tan superficial y mentirosa a la que hemos llegado a vincularnos, que son los mismos animales los que nos están enseñando a ser más humanos. A que se puede querer bonito. A no juzgarnos. A cuidarnos mutuamente desde el cariño, la lealtad y la amistad. Y estoy segura de que si como sociedad tomáramos acción desde este aprendizaje, seríamos más felices y plenos.
Sin darme cuenta antes y a un año de su muerte, recién estoy entendiendo que ese último fin de semana con ella comenzó a ocupar el lugar de los casi nueve años anteriores. Estuve intentando cambiar el pasado desde la culpa, y darme cuenta de eso me ha permitido tratar de ver más allá de ese día.
Mi promesa a Kova no puede terminar con su muerte. No puede tener más fuerza que toda nuestra vida juntas. La muerte solo ha cambiado la forma de encontrarnos, no lo que tenemos. Y una forma de hacerlo es volver, poco a poco, a habitar la vida, incluso cuando a ratos me parezca algo imposible de hacer.
No creo que la pena se vaya a terminar, pero trataré, al igual que quienes han perdido a alguien importante, a transformarla. Viviendo mi vida como si fuese también la de ella. Escribiéndole. Sintiendo su presencia de otras formas. En las canciones, en las caminatas, en el mar.
Hasta que, tarde o temprano y de la forma que sea, nos volvamos a encontrar.
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