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Revolución tecnológica y el desafío humano de no dejar de pensar

El avance de la inteligencia artificial, las redes sociales y los sistemas algorítmicos plantea un desafío que ya no es solo tecnológico: cómo formar ciudadanos capaces de comprender, cuestionar y gobernar herramientas que transforman nuestra atención, nuestra percepción de la realidad y la forma en que convivimos como sociedad.

Por Miguel Sanhueza Olave


Un punto de vista con el que se miró durante mucho tiempo el avance tecnológico fue desde sus beneficios: mayor conectividad, acceso al conocimiento y nuevas capacidades que hoy se multiplican con la inteligencia artificial.

Sin embargo, los acontecimientos obligan hoy a formular una pregunta diferente: ¿estamos desarrollando, como sociedad, las capacidades necesarias para convivir responsablemente con tecnologías que avanzan mucho más rápido que nuestras formas de comprenderlas y regularlas?

Los recientes litigios contra Meta en Estados Unidos han vuelto a poner en discusión el impacto que determinadas características de las redes sociales pueden tener sobre niños y adolescentes. Ya no se cuestiona únicamente el contenido que circula por estas plataformas, sino también modelos tecnológicos diseñados para capturar nuestra atención, prolongar la permanencia y estimular constantemente el retorno.

Ahora se suma a la discusión las investigaciones sobre el uso de bots y estrategias de amplificación digital en campañas políticas, que muestran -por cierto- una vulnerabilidad diferente. Hoy es posible crear de manera artificialmente una conversación, multiplicar determinados mensajes y conseguir que información falsa o distorsionada adquiera relevancia simplemente porque miles de cuentas aparentan estar hablando de ella. El riesgo aumenta cuando los algoritmos interpretan esa actividad como interés social y terminan amplificándola entre usuarios reales.

Así las cosas, estamos frente a un problema que dejó de ser exclusivamente tecnológico. Es también educativo, social, ético, familiar e institucional. Una democracia requiere ciudadanos que puedan discrepar sobre una realidad compartida

Cuando incluso los hechos pueden ser artificialmente construidos, lo que comienza a deteriorarse no es solamente la calidad de la información, sino la confianza en los medios, las autoridades, las instituciones y finalmente entre los propios ciudadanos.

La respuesta tampoco puede descansar exclusivamente en nuevas regulaciones o mejores algoritmos. Las familias tienen una responsabilidad insustituible en la formación digital de niños y adolescentes; el Estado debe generar condiciones de protección y transparencia; las empresas tecnológicas deben asumir las consecuencias sociales de sus modelos de negocio; y las universidades tenemos una responsabilidad especialmente relevante.

En una sociedad algorítmica, formar profesionales competentes ya no significa solamente enseñarles a utilizar tecnología. Necesitamos formar personas capaces de comprenderla, cuestionarla y utilizarla responsablemente. Esto resulta particularmente importante en ingeniería: junto con preguntarnos si somos capaces de desarrollar una determinada solución, debemos aprender a preguntarnos qué consecuencias tendrá, a quién beneficiará y qué riesgos puede generar.

Quizás, entonces, la pregunta más importante no sea qué podrá hacer la tecnología por nosotros durante los próximos años, sino qué tipo de sociedad queremos construir mientras aquello ocurre.

Porque el mayor riesgo de esta revolución tecnológica probablemente no sea que las máquinas aprendan a pensar como nosotros, sino que nosotros dejemos progresivamente de hacerlo.


Miguel Sanhueza Olave es académico del Departamento de Electricidad de la Facultad de Ingeniería de la U. Tecnológica Metropolitana.

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