La historia de Gerd Faltings y el Premio Abel 2026 permite mirar las matemáticas desde otro lugar: no como una sucesión de momentos de genialidad, sino como una búsqueda paciente en la que los errores, la perseverancia y el tiempo también forman parte del descubrimiento.
Por Marta Apablaza Riquelme desde Oslo, Noruega.
Las paredes del Aula Magna de la Universidad de Oslo están dominadas por tres pinturas monumentales del artista noruego Edvard Munch. Sus obras, que se cuentan entre las principales influencias del expresionismo alemán, observan silenciosamente las ceremonias académicas que se realizan en el recinto. Pero hay una que inevitablemente roba la atención. Se trata de El Sol (Solen), un mural de 28 metros de largo y cerca de 10 metros de altura que ocupa el centro de la sala. En la obra, Munch retrató un amanecer sobre los fiordos noruegos. Desde el horizonte emergen rayos luminosos que parecen expandirse más allá de los límites del muro, iluminando cada rincón del espacio. Fue bajo esa luz simbólica donde el matemático alemán Gerd Faltings recibió el Premio Abel 2026 de manos del príncipe heredero de Noruega, Haakon Magnus.
Con frecuencia descrito como el equivalente al Nobel de las matemáticas, el Premio Abel se entrega en honor a Henrik Niels Abel, brillante matemático noruego del siglo XIX que murió de tuberculosis a los 26 años. A pesar de su corta vida, sus contribuciones transformaron profundamente la disciplina y sentaron las bases de áreas completas de la matemática moderna.
Según Helge Holden, matemático noruego y presidente del comité del Premio Abel, el premio reconoce a quienes logran resolver problemas largamente abiertos o demuestran resultados que la comunidad científica ha buscado durante décadas. Más que una solución aislada, se valora también la capacidad de desarrollar ideas que conecten distintos campos de las matemáticas y abran nuevas rutas de investigación.
En ese contexto, Gerd Faltings ocupa un lugar excepcional. Su trabajo logró resolver una conjetura que permaneció abierta durante más de sesenta años, utilizando una combinación innovadora de teoría de números y geometría.
La escena parece dialogar con la propia intención de Munch. Cuando recibió el encargo de decorar la universidad, el pintor buscó representar uno de los ideales fundamentales de la educación: el momento de la iluminación intelectual. No la luz física del sol, sino ese instante fugaz en que la mente humana logra comprender algo que antes permanecía oculto. Los rayos que atraviesan El Sol simbolizan precisamente ese acto de revelación: el momento en que una verdad invisible se vuelve comprensible.
Algo parecido ocurre en las matemáticas. Durante años —a veces durante generaciones— una pregunta permanece sin respuesta. Luego, tras incontables intentos, alguien encuentra una conexión inesperada, una idea nueva o una demostración elegante que permite ver lo que antes estaba oculto. Por un instante, la oscuridad retrocede. Y el mundo se vuelve un poco más comprensible.

Durante la ceremonia, la presidenta de la Academia Noruega de Ciencias y Letras, Anne Lise Ryel Eriksen, destacó la importancia de financiar la investigación básica. Sus palabras resonaron especialmente en un contexto internacional donde varios gobiernos han reducido los presupuestos destinados a la ciencia.
Eriksen sostuvo que las matemáticas sustentan gran parte del progreso científico y nos entregan herramientas que amplían nuestra comprensión del mundo. Como ejemplo, recordó que las ecuaciones diofánticas —un área en la que trabajó Faltings— contribuyeron al desarrollo de sistemas que hoy permiten realizar transacciones seguras en internet.
Sin embargo, Faltings —bajo el mismo Sol de Munch y durante la ceremonia— ofreció una visión menos romántica del descubrimiento matemático. A diferencia de la iluminación instantánea que sugieren los rayos del sol del pintor noruego, sostuvo que en las matemáticas no existen los momentos de “Eureka”. “Generalmente piensas que resolviste algo y luego lo chequeas y descubres que cometiste un error”, explicó. “Y es después de mucho tiempo que comprendes que llegaste a una solución”, agregó.
Quizás por eso las matemáticas no se parecen a una revelación repentina ni a un momento de “Eureka”, sino a una disciplina que requiere perseverancia. Durante años, décadas y a veces siglos, los matemáticos regresan una y otra vez a los mismos problemas, corrigiendo errores, explorando caminos alternativos y buscando una respuesta que aún no existe.
Como el sol que vuelve a levantarse cada mañana sobre los fiordos noruegos, la búsqueda matemática está hecha de constancia. Una paciencia silenciosa que, tarde o temprano, termina por iluminar aquello que permanecía oculto.
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