El “valle inquietante” nació para explicar por qué ciertos robots nos resultan perturbadores. Hoy, entre filtros, inteligencia artificial y procedimientos estéticos, la teoría parece describir algo mucho más cercano: somos los propios humanos quienes estamos empezando a parecer artificiales.
Por Aldo Vidal Neira
Hay algo muy desconcertante en un rostro que intenta llorar y no puede.
Hace algunos días se viralizó en Chile una escena de la teleserie “Reunión de Superados”. Allí Daniela Ramírez debía transmitir desesperación. La actriz lloraba, gritaba y se quebraba frente a la cámara, pero algo no terminaba de cuadrar. No era la actuación. Era el rostro. Sus ojos y su voz intentaban expresar rabia y tristeza, pero el resto de su cara permanecía casi inmóvil. Cómo si tuviera una máscara. El resultado fue que la escena terminó generando más comentarios sobre su apariencia que sobre el drama del personaje.
No es la primera vez que ocurre. Las redes sociales están repletas de discusiones sobre los efectos del botox y otros procedimientos estéticos en actores y actrices. Millie Bobby Brown, Erin Moriarty e incluso Jim Carrey han protagonizado polémicas similares, con usuarios cuestionando si realmente eran ellos quienes aparecían en pantalla. Más allá de lo injustas o superficiales que puedan ser esas críticas, todas parecen responder a la misma sensación: hay algo en esos rostros que nos resulta profundamente inquietante.
La explicación podría estar más cerca de la psicología que de la estética. En 1970, el ingeniero japonés Masahiro Mori formuló la teoría del uncanny valley, o “valle inquietante”. Mori planteó que mientras más humano parece un robot, mayor empatía despierta… hasta cierto punto. Cuando la semejanza se vuelve casi perfecta, pero todavía conserva pequeñas imperfecciones, ocurre lo contrario: la empatía se transforma en incomodidad e incluso rechazo.
Décadas antes, Sigmund Freud había descrito una experiencia parecida en su ensayo “Lo siniestro”. Lo definía como ese momento en que algo familiar se vuelve extraño, incómodo o ajeno. Freud decía que esto ocurre cuando la frontera entre la imaginación y la realidad se vuelve borrosa. Una sensación que, por ejemplo, las películas de David Lynch, derrochan. No tememos a lo desconocido; nos perturba aquello que parece humano, pero deja de comportarse como esperamos que lo haga.
Quizás por eso ciertos rostros producen una sensación difícil de explicar. Nuestro cerebro lleva miles de años aprendiendo a interpretar emociones a partir de pequeños movimientos faciales: una arruga en la frente, una tensión alrededor de los ojos, una comisura de los labios cerrada. Son señales casi imperceptibles, pero esenciales para reconocer alegría, miedo, tristeza o enojo. Cuando estas microexpresiones desaparecen, algo deja de encajar. La persona sigue siendo humana, pero nuestra percepción comienza a tratarla como si no lo fuera del todo.
Lo paradójico es que esta sensación ya no proviene únicamente de la robótica o de la ciencia ficción. Hoy convivimos con ella todos los días. Los filtros en redes sociales “embellecen” los rostros hasta volverlos idénticos; la inteligencia artificial crea caras impecables que nunca existieron; las aplicaciones suavizan la piel, agrandan los ojos, afinan la nariz y eliminan cualquier rastro de edad. La perfección digital se ha convertido en el nuevo estándar estético.
El problema es que esa perfección tampoco existe en la vida real, aunque muchos lo intenten. Hace algunos meses, The Guardian describió el auge de la llamada “AI Face”: personas que llegan a consultas de cirugía estética no para parecerse a una celebridad, sino porque quieren volverse la versión de sí mismas creada por un filtro o por inteligencia artificial.
Es un cambio cultural importante, porque ese “referente IA” no es realmente humano. Ningún cirujano puede modificar la distancia entre las órbitas de los ojos, alterar la estructura completa del cráneo o reproducir la simetría imposible que generan los algoritmos. Y, aunque pudiera hacerlo, probablemente el resultado seguiría despertando la misma sensación de extrañeza.
La neurocientífica Thalia Wheatley ha advertido que nuestra evolución nos entrenó para detectar pequeñas irregularidades en los rostros. Esas imperfecciones contienen información sobre las emociones, la edad, la salud y la identidad de quien tenemos enfrente. Borrarlas no solo modifica una apariencia; también altera la forma en que nos relacionamos con los demás.
Tal vez por eso la escena de Daniela Ramírez provocó tanto debate. No porque el botox sea bueno o malo, ni porque exista una manera correcta de envejecer, sino porque nos expuso a una imagen que hasta hace poco pertenecía a la ciencia ficción.
El valle inquietante que Masahiro Mori imaginó para los robots ya no está reservado para androides hiperrealistas. Entre filtros, inteligencia artificial y procedimientos estéticos cada vez más sofisticados, hay rostros que se parecen menos a las personas y más a una idea digital de la perfección.
Durante siglos temimos que las máquinas llegaran a parecerse demasiado a nosotros. Y ahora estamos en el camino inverso: nosotros empezamos a parecernos a las imágenes que producen las máquinas. Y quizás ese sea el verdadero valle inquietante de nuestra época.
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