Pequeña, esquiva y en peligro, la ranita de Darwin pasó en pocos días del silencio del bosque al centro del debate político. Andrés Valenzuela, presidente de la agrupación que busca defender su existencia, explica por qué es urgente implementar un plan para protegerla.
Por Aldo Vidal N.
Cabe en la palma de una mano, mide apenas unos centímetros y casi nadie la ha visto en estado salvaje. Aun así, esta semana la ranita de Darwin logró algo inusual: incomodar al poder.
La decisión administrativa del Ejecutivo de retirar más de 40 decretos ambientales en trámite, entre ellos el plan de protección de esta especie, provocó una reacción en cadena: cuestionamientos, presión pública y un giro inesperado. Días después, el decreto fue reingresado y finalmente visado, devolviendo la protección a uno de los anfibios más emblemáticos del país.
Para quienes llevan años siguiéndola o buscándola entre hojas húmedas y troncos caídos, no fue un detalle menor. La ranita, al menos en el papel, volvía a estar protegida. Pero detrás de ese vaivén administrativo hay una historia mucho más larga.
Un anfibio improbable
La ranita de Darwin es, al mismo tiempo, esquiva y carismática. Su piel oscila entre verde y café, lo que le permite camuflarse con su hábitat del bosque. Su canto, en lugar del croar esperable, se asemeja al silbido breve y agudo, más cercano al piar de un ave que al de un anfibio. Y, a diferencia de casi todas sus parientes, no depende del agua visible de un pozo o un arroyo: es completamente terrestre y pasa su vida en los suelos del bosque nativo de Chile y Argentina. Esa mezcla de rareza y discreción ha fascinado tanto a investigadores como a quienes comparten su territorio.
“Éramos un grupo de colegas que trabajábamos en investigación de anfibios y nos dimos cuenta de que en Chile no existía ninguna organización dedicada exclusivamente a ellos”, cuenta Andrés Valenzuela, presidente de la ONG Ranita de Darwin.
La organización nació en 2015, en torno a una especie que funciona tanto como objeto de estudio como símbolo. “Usamos su nombre como una analogía”, explica Valenzuela. “Así como el macho de la especie cuida a los renacuajos dentro de su saco vocal, la ONG buscaba cuidar a los anfibios de Chile”.

Única en el mundo, fue bautizada así fue a partir de ejemplares recolectados por Charles Darwin en 1834, durante su paso por Chiloé, específicamente por la Isla de Lemuy. Esta ranita tiene una característica distintiva: entre más de 9.000 especies de anfibios, es la única en la que el macho “se embaraza”.
Tras la puesta de huevos en el suelo del bosque, el padre los recoge, los resguarda en su saco vocal y los cría allí durante semanas hasta liberarlos convertidos en pequeñas ranas. “Ese comportamiento es único, y por eso es tan conocida y famosa, incluso mundialmente. Es un emblema para la conservación de los anfibios y de la biodiversidad”, agrega Valenzuela.
Pero al mismo tiempo, en un caso crítico.
El fantasma y la sobreviviente
Hoy existen dos ranitas de Darwin. Aunque una podría haber desaparecido.
La ranita del norte (Rhinoderma rufum) no ha sido vista desde 1981. Está clasificada en peligro crítico y, de confirmarse su extinción, sería la primera desaparición documentada de un animal nativo de Chile en tiempos modernos.
La ranita del sur (Rhinoderma darwinii), en cambio, aún resiste. Pero lo hace en condiciones frágiles: sobreviven unas 56 poblaciones distribuidas entre Concepción y Aysén, la mayoría con menos de 100 individuos y altamente aisladas entre sí.
“Ya en 2015 sabíamos que estaban en serios problemas de conservación”, dice Valenzuela. “Por eso era urgente generar una organización”.

Depredadores invisibles
El problema no es uno, sino varios, y todos operan al mismo tiempo.
El más devastador es un hongo microscópico: la quitridiomicosis. La enfermedad que provoca ha sido letal para anfibios en todo el mundo, y la ranita de Darwin es especialmente vulnerable. En 2023, en el Parque Tantauco, en Chiloé, un lugar que se creía libre de la enfermedad, el hongo redujo poblaciones completas en más de un 90% en solo un año.

A eso se suma la pérdida de hábitat. El reemplazo del bosque nativo por plantaciones forestales y terrenos agrícolas ha destruido cerca de un tercio del territorio donde vivían estas especies. Incendios forestales, cambio climático y la fragmentación del paisaje completan el cuadro.
La ranita de Darwin, además, no tiene margen de adaptación sencillo: es completamente terrestre, depende del bosque nativo y no utiliza cuerpos de agua en ninguna etapa de su vida. Si el bosque desaparece, ella también.
El plan de la ranita
El decreto que estuvo en el centro de la polémica incluye 11 líneas de acción y un El Plan de Recuperación, Conservación y Gestión (RECOGE) establece acciones concretas a 15 años: restaurar hábitats, crear áreas protegidas, monitorear enfermedades, desarrollar programas de cría en cautiverio y coordinar a organismos públicos, científicos y organizaciones civiles.
También fija metas ambiciosas. Para la ranita del norte, encontrar al menos una población viva. Para la del sur, aumentar su territorio y estabilizar sus números hasta sacarla de la categoría “en peligro”.
El costo estimado del plan bordea los 6,8 millones de dólares. Casi la mitad se destinará a restaurar ecosistemas degradados.
“Lo importante de este instrumento es que permite coordinar acciones concretas entre el Estado y la sociedad civil”, explica Valenzuela. “Hay cosas bien concretas, por ejemplo, proteger su hábitat, generar áreas protegidas, realizar la restauración de su hábitat, o realizar monitoreo de posibles amenazas que la puedan afectar”.
Esa implementación incluye desde cercos para evitar la propagación del hongo hasta educación ambiental y trabajo con empresas forestales.
Una vez publicado oficialmente, el plan activará una red de instituciones, universidades y organizaciones —cerca de 20, según el documento— que deberán llevar a cabo las medidas en plazos definidos y con seguimiento permanente.
El desafío no es menor. En algunos casos, como el avance del hongo, el tiempo juega en contra. En otros, como la restauración del bosque, los resultados tardan años en hacerse visibles.
Mientras tanto, la ranita sigue ahí: escondida entre hojas húmedas, camuflada y lista para dar su próximo salto.
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