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Raquel Corrales, una mujer que caza bajo el mar

En un deporte silencioso, extremo y dominado por hombres como la pesca submarina, Raquel Corrales descendió hasta lo más hondo para hacer historia: una medalla mundial y una nueva generación de mujeres que, como ella, aprendieron a escuchar el mar antes de disparar.

Por Aldo Vidal Neira


Raquel se sumerge una vez más. Lleva horas bajo el agua y aún no hay suerte. El clima es hostil, la corriente golpea con fuerza. Allá abajo, sin embargo, todo es silencio. Entonces recuerda, como un flash, el consejo de sus amigos de Iquique. Desde la garganta emite un sonido grave, un llamado antiguo que vibra en el agua y despierta a los peces.

A su alrededor, una piedra plana y blanca. Otra, perpendicular, del mismo color. El paisaje ondula. El tiempo se estira. Espera sin moverse, cuidando no romper el equilibrio, intentando volverse una con el mar. Y entonces aparece: una hinchada. 

Horas después, estará en el podio, en su primer mundial de caza submarina.

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En 2025 Raquel Corrales (35), obtuvo la medalla de plata en el Campeonato Mundial de Pesca Submarina, realizado en San Francisco del Sur, Brasil, y se convirtió en la primera mujer chilena en ganar una presea de este tipo para el país en esta disciplina. 

En un deporte históricamente masculino, el equipo femenino de Chile, integrado por deportistas de Coquimbo, Taltal y Zapallar, también marcó un hito: tercer lugar por equipos.

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Todo empezó en una playa de Los Vilos, en la Región de Coquimbo. Raquel tenía 18 años y todavía estaba en el colegio cuando se inscribió en un curso municipal de buceo. Lo impartía Franco Bosquez, tricampeón sudamericano. Ahí aprendió lo básico.

“Al principio era aguantar la respiración bajo el agua, igualar la presión, quedarse mirando cómo pasaban los peces, cómo salían los chanchitos de mar en la superficie de la arena, todo eso. De a poquitito empecé a indagar un poco más sobre  la pesca submarina y conocer  gente que competía”, cuenta Raquel. 

Pidió acompañarlos. Aprendió a usar el arpón. Pero apareció el primer obstáculo: usaba anteojos y bajo el agua veía borroso y solo distinguía siluetas. Antes de poder comprar lentes de contacto, tuvo que recurrir al ingenio: adaptó una máscara y le pegó unos cristales viejos. “De repente esos cristales se desprendían de la máscara, y quedaba ciega”, recuerda. 

Mientras estudiaba Ingeniería Agroindustrial en la UTEM, su hobby se volvió rutina. “Como no tenía con quién salir a bucear, entraba al mar sola. A veces mis papás me esperan en tierra, pero se preocupan”, explica.

Sus padres la miran desde la orilla durante horas. Una vez, la camanchaca cubrió la playa. Gritaron hasta que ella emergió preocupada por sus gritos.

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De niña le gustaba atrapar animales, su papá tenía permiso para cazar e iban de paseo a la cordillera, pero por ser la única mujer de tres hermanos, le costaba que la incluyeran. Algo similar ocurrió cuando empezó a competir.

Al principio se medía contra los niños y jóvenes “novatos” porque no su categoría no existía. “Cuando empecé a competir no había ninguna mujer. Después, en los nacionales me di cuenta que había una mujer más que competía. Pero nunca la veía en las instancias pequeñas”, recuerda. 

Al principio la dejaban nadar solo en la orilla. Después empezó a salir con sus pares masculinos en los mismos botes. “Ellos me motivaban, me pasaban datos: ‘aquí salen hartos Bilagay. Acá salen rollizos. En esa parte de allá hay unas cuevitas, Y ahí puedes encontrar viejitas’ me decían”.

Hoy, dice, la presencia femenina está más normalizada. Pero no siempre fue así. Recuerda a Joana Tamayo, quince años mayor, y una de sus referentes. “Ella aprendió a bucear, pero a su papá no le gustaba. Antiguamente era una actividad más para varones. Los hombres eran el sustento de la familia, los que traían peces para comer en la casa”.

La historia de su amiga ha sido una inspiración. “Ella viene de una familia chango y nos motiva a nosotras como competidoras nuevas a seguir en este deporte. Porque ella es de una generación mayor y pudo”. 

Después del Mundial, cuenta que varios clubes les han contado que tienen nuevas mujeres que están aprendiendo y ahora se inspiran en ellas para seguir.

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Las competencias en la caza submarina duran al menos cinco horas. Hay zonas delimitadas, que se dividen en primera categoría, segunda y tercera, en la que participan novicios y damas. Cada equipo llega con una boya de seguridad y un silbato. Luego, el mar se llena de cuerpos que desaparecen.

“Por ejemplo, si yo pillo un rollizo de dos kilos, tengo dos mil puntos, más los 500 puntos que son de bonificación”.

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Noviembre de 2025, Brasil. El campeonato mundial se disputó en dos jornadas extenuantes en medio de las aguas transparentes y el sol intenso de la ciudad de Sao Francisco.

El primer día, Raquel logró una buena captura: una hinchada que le aseguró un puntaje competitivo que la mantenía en carrera. Pero la segunda jornada fue más compleja. Un cambio de última hora tensionó al equipo. Un representante de la federación pidió sacar de la banca a su pareja y reemplazarla por la actual campeona nacional, lo desconcertó a todas las deportistas. 

Esa tarde Raquel Corrales y sus acompañantes recorrieron durante horas las costas de la zona definida sin resultados, bajando una y otra vez, gastando energía y acumulando incertidumbre. Hasta que otra vez una hinchada se apareció frente a sus ojos. Sin embargo, esta vez, era más pequeña. Después de consultarlo con su equipo decidió arriesgarse.

Es bueno, pero no suficiente para el oro. La representante de Tahití consiguió un pez mayor.

“Me ganó como por doscientos gramos. Si hubiese pillado un pez un poquito más grande, doscientos, trescientos gramos más, hubiese quedado en primer lugar”.

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Raquel quiere seguir compitiendo. Mejorar. Bajar más profundo. Sobre su disciplina aclara una cosa: “nunca voy a pillar un pez pequeñito. Voy a pillar a uno de una cierta talla y cierta cantidad, que es la cuota que me permiten. Está normado. Hay diferentes tipos de licencias y zonas permitidas. Esta es una pesca sustentable. Solo llevamos la cuota que está permitida. No es una pesca indiscriminada”, afirma.

Y, sobre todo, quiere seguir bajando. Porque allá abajo, dice, hay otro mundo. 

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