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Después de la cárcel: las complejidades de la reinserción

Entre el estigma, la falta de redes y las escasas oportunidades, quienes salen de la cárcel enfrentan una segunda condena: intentar rehacer su vida en una sociedad que muchas veces no les da espacio para cambiar.

Por Amaro Riveros, Paz Uribe, Guillermo Chandia, Jorge Cordero y Florencia Cerda


Salir de la cárcel no es solo cumplir años y una condena. Para muchas personas, el verdadero encierro comienza después, cuando el pasado se vuelve una marca difícil de borrar y la desconfianza aparece en cada intento por volver a empezar. Afuera, el delito suele pesar más, puesto que condiciona el acceso al trabajo, las relaciones y la posibilidad de ser tratado como alguien que puede cambiar. Aun así, detrás de esas dificultades hay personas que buscan reconstruir su vida, alejarse de los mismos circuitos que las llevaron a delinquir y encontrar un lugar en una sociedad que a cada momento de dónde vienen.

Christian Rubio tenía poco más de veinticinco años cuando vio morir a un compañero de módulo desangrado en medio de una riña al interior de la Cárcel Colina 2. La pelea escaló rápido, como tantas otras, en un espacio marcado por la violencia y la falta de control.

Christian intentó ayudarlo, lo sostuvo entre sus brazos mientras pedía auxilio, pero nadie llegó a tiempo. Casi tres décadas después, ese momento sigue siendo un punto de quiebre en su historia. “Ahí entendí que tenía que cambiar, debía dar un nuevo aire a mi vida”, recuerda hoy, a los 52 años, lejos de la cárcel, con trabajo estable en la construcción y viviendo junto a su familia en Renca.

Sin embargo, ese cambio no fue inmediato. Christian cumplió su primera condena y salió en libertad en 2013. Durante más de un año buscó trabajo, pero nadie quiso contratarlo. “Con antecedentes penales, las puertas se cierran al tiro”, recuerda. Sin redes ni oportunidades volvió a delinquir y fue detenido nuevamente en 2014. Permaneció privado de libertad hasta 2017. Recién tras atravesar dos periodos de cárcel logró, años después, iniciar un proceso de reinserción más estable.

El momento que vivió no es excepcional. En Chile, la cárcel expone a las personas privadas de libertad a dinámicas permanentes de violencia. Según el informe “Radiografía del control territorial de las cárceles en Chile”, elaborado por la Universidad Andrés Bello, entre 2015 y 2024 se registraron 52.090 incidentes de violencia al interior de los recintos penitenciarios del país, lo que representa un aumento del 41 % en ese período. El mismo documento da cuenta de 464 homicidios ocurridos en cárceles chilenas durante esos años, concentrándose un 40,1 % en la Región Metropolitana. 

Los datos oficiales respaldan esta realidad. Según el informe Juntos por la Reinserción (octubre de 2025), la reincidencia en el sistema cerrado se sitúa entre un 42,9% y un 50,5%. Las cifras disminuyen sólo cuando existen salidas progresivas y participación en programas de educación, trabajo o capacitación. No obstante, el informe advierte que estos programas representan menos del 10% del presupuesto de Gendarmería: de un total de $682 millones, solo $59 millones se destinan a programas de rehabilitación y reinserción social. 

Christian estuvo privado de libertad durante 18 años y en dos periodos distintos, pasando por la Ex Penitenciaría de Santiago y posteriormente por los recintos de Colina 1 y Colina 2.

En el penal, explica, la reinserción rara vez es un tema que se comenta. “Dentro de la cárcel se forman grupos de personas de distintas edades que muchas veces no piensan en volver a trabajar ni en retomar una vida ‘normal’, porque sienten que ese ya no es su mundo y que no van a ser aceptados fuera”, afirma.

Aunque al interior de las cárceles existen algunas instancias de trabajo y talleres, no todas las personas privadas de libertad pueden acceder a ellas. “En Colina 2, por lo menos, muchos de esos talleres no los hacía Gendarmería, los organizaban los mismos presos, sobre todo los hermanos . Para entrar tenías que tener muy buena conducta y pertenecer a otro módulo. Ellos tenían granjas, áreas verdes, lugares para cantar o hacer sus actividades, pero no era algo abierto para todos”, explica.

“Para los demás, estas actividades son poco útiles y, como se dice en la cárcel, son vistas como ‘de perkin’”, agrega. A estas carencias se suma la relación con la autoridad penitenciaria. Christian relata malos tratos, castigos colectivos y restricciones arbitrarias. “Gendarmería no ofrece apoyo. Muchas veces nos prohibían las visitas, nos negaban la comida y nos trataban como perros”, señala.

Para Christian, el principal sostén durante sus años en prisión fue su familia. En especial, su esposa, Nathaly Saavedra, quien estuvo presente durante todo el proceso y asumió un rol clave en su reinserción. “Cuando alguien está preso, el apoyo de la familia que está afuera es fundamental, porque muchas veces uno se siente abandonado y sin ningún tipo de respaldo”, explica.

No todas las historias, sin embargo, cuentan con ese sostén. El regreso al medio libre puede ser especialmente complejo cuando no existen redes familiares ni institucionales que acompañen el proceso.

Anthony Quiñones encarna ese otro lado del mismo problema. Tiene 20 años y estuvo detenido durante dos por robo y microtráfico. Salió de la cárcel hace pocos meses, en un momento en que el retorno al medio libre se volvió  especialmente complejo. “Antes de entrar tenía pega y una vida buena, pero al salir no tenía apoyo de la familia y uno se siente mucho más apartado de la sociedad”, cuenta. Hoy vive con amigos en la comuna de Independencia y pese a estar activamente buscando trabajo, no ha logrado reinsertarse laboralmente, enfrentando el estigma y la falta de oportunidades propias de quienes recién dejan el sistema penitenciario y sobre todo a una temprana edad. 

Para Anthony, el encierro no ofreció ninguna preparación para el regreso al medio libre. “En cana nunca se habla de reinserción social. Nadie te prepara para lo que viene después y salir termina siendo incluso más duro que estar preso”, afirma. La falta de alternativas concretas lo enfrenta a los mismos entornos que lo llevaron a delinquir. “Muchos de los cabros con los que estuve volvieron a caer presos porque afuera están los mismos grupos que te llevan a robar. Sales de la cárcel, vuelves a la calle y vuelves a robar. No termina nunca”.

Esa experiencia se repite con frecuencia, advierten quienes trabajan directamente en procesos de este tipo. Para Belén Peralta, directora ejecutiva de Fundación Ítaca,  dedicada a la reinserción social, uno de los principales problemas del sistema es que la salida de la cárcel suele darse sin redes, sin continuidad y sin un acompañamiento real. “Hay chiquillos que salen y no tienen nada ni nadie. No tienen red de apoyo, no tienen dónde vivir, no tienen dónde trabajar, nunca han trabajado algunos de ellos”, explica. En ese escenario, agrega, la reincidencia no responde únicamente a una decisión individual, sino a la ausencia de condiciones mínimas para construir un proyecto de vida distinto.

Desde su trabajo con jóvenes privados de libertad, Fundación Ítaca ha desarrollado un modelo que busca precisamente romper ese círculo. A través de talleres expresivos al interior de los centros y un acompañamiento en el medio libre, la fundación ofrece espacios de contención, apoyo socioemocional y experiencias comunitarias una vez que los jóvenes recuperan su libertad. “Salir sin ningún tipo de apoyo es volver al mismo contexto donde empezaste a delinquir en primer lugar”, subraya Peralta, destacando que la reinserción requiere procesos largos, integrales y sostenidos en el tiempo.

La realidad dialoga con lo planteado por Bernardita Frez, directora de Juntos por la Reinserción, en la columna “Seguridad con evidencia: por qué invertir en reinserción funciona”, publicada en Ciper, donde advierte que, si no se generan condiciones y oportunidades reales de reinserción en los territorios a los que las personas regresan, el ciclo se repite. “Sabemos que, si estas comunas no cuentan con estrategias para recibirlos, lo más probable es que un gran porcentaje vuelva a delinquir”, sostiene.

La psicóloga penitenciaria Antonia Longás, explica que la edad es un factor clave en las consecuencias del encarcelamiento. “Cuando un joven cae detenido, se encuentra en una etapa importante de su proyecto de vida. El encierro interrumpe procesos de maduración emocional y moldea la pregunta de quién soy yo”, señala. En contextos de vulneración y sin acompañamiento adecuado, advierte, los jóvenes pueden ligar su identidad a la violencia o a la exclusión social. 

Ese diagnóstico se vincula  con la experiencia de Anthony dentro de la cárcel. Durante su encierro, recuerda, la mayoría de los jóvenes con los que compartía pieza y patio asumían la reincidencia como un destino casi inevitable. “Muchos decían al tiro que cuando salieran iban a volver a robar o a traficar. Era lo normal”, relata. Según explica, gran parte de sus conocidos había estado vinculada al microtráfico o al consumo y venta de drogas antes de caer detenidos. “En la cárcel se arman grupos también. Hay cabros que ya tienen conocidos afuera metidos en el tráfico y esos mismos grupos después se vuelven a juntar en la calle”, agrega.

Desde el plano legal, la Ley 20.603 permite sustituir penas privativas de libertad por medidas como la libertad vigilada intensiva, orientada a la reinserción social mediante programas personalizados en el ámbito laboral, comunitario y psicosocial. Sin embargo, el abogado penalista Bastián Riveros advierte que no todas las personas pueden acceder a estos beneficios, especialmente quienes han sido condenados por delitos asociados a la Ley de Drogas o por crímenes de lesa humanidad.

Esa ausencia de reinserción efectiva, advierten especialistas, no es solo un problema individual ni jurídico, sino también un riesgo social. Como plantea el cientista político Claudio Fuentes en su columna “El próximo estallido será en la cárcel”, publicada en Ciper, los recintos penitenciarios han dejado de operar únicamente como espacios de control y castigo para transformarse en lugares donde se reproducen y profundizan dinámicas criminales, las que luego se proyectan hacia el exterior, reforzando un círculo que el sistema penal no logra romper. 

El después de la condena

Hoy, Christian Rubio mantiene una vida laboral estable desde hace casi diez años. Actualmente trabaja en la construcción y dice que su vida cambió gracias al apoyo incondicional de su familia y a la decisión, tomada en un momento límite, de no volver atrás. Su historia de reinserción no es de un logro inmediato, sino que nos sitúa a un proceso largo, complejo y sostenido en el tiempo.

Anthony Quiñones, en cambio, se encuentra en el tramo más frágil del proceso de reinserción, cuando la salida de la cárcel todavía no alcanza a convertirse en un proyecto de vida. A diferencia de Christian, su día a día no está ordenado por horarios laborales ni por una estabilidad, sino por la urgencia de resolver lo inmediato y por sobrevivir ante la presión constante de un entorno donde las oportunidades legales son escasas y las ilegales están siempre disponibles.

Entre Christian y Anthony no hay solo una diferencia de edad o de tiempo fuera de la cárcel. Hay una brecha que expone las fallas de un sistema que castiga y acompaña poco, que encierra, pero no prepara, que libera, pero deja solos. Para muchos, salir de la cárcel es apenas el comienzo de otra lucha, la de intentar volver a ser parte de la sociedad, buscando una normalidad que sigue siendo un privilegio difícil de alcanzar.

Este reportaje fue desarrollado en el marco del curso Fuentes y Ética, del programa diurno de Periodismo Usach, a cargo de la periodista y docente Amanda Marton.


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